13 Oct 2017

El valor de la memoria

La memoria se define como la capacidad de almacenar y recuperar información. No se trata de una única función que está localizada en un punto concreto del sistema nervioso, sino que reside en una serie de sistemas interconectados. El aprendizaje y la memoria son funciones cerebrales vinculadas y en el cerebro hay áreas para ambas que funcionan como una red, en la cual cada región tiene un papel diferente: el aprendizaje depende de la memoria para su permanencia y la memoria no tendría “contenido” si no tuviera lugar el aprendizaje.

Por otra parte, el aprendizaje se define en términos de los cambios relativamente permanentes debidos a la experiencia pasada y la memoria es una parte crucial del proceso de aprendizaje, sin ella, las experiencias se perderían y la persona no podría beneficiarse de la experiencia pasada.

Existen distintos “tipos” de memoria según su duración y el tipo de recuerdo almacenado: una memoria inmediata (que dura segundos), a corto plazo (de minutos o pocas horas) o a largo plazo (de semanas a años).

En general, se piensa que la memoria a largo plazo tiene una capacidad ilimitada. Se puede ver como un depósito de todas las cosas en la memoria que no se utilizan en el momento, pero que potencialmente pueden recuperarse. Permite recuperar el pasado y utilizar esa información para lidiar con el presente; en cierto sentido permite vivir de manera simultánea en el pasado y en el presente. La información puede mantenerse desde unos cuantos minutos hasta varios años (de hecho, puede abarcar la vida entera de la persona). Su codificación es semántica, visual y acústica.

Otros tipos de memoria humana

La memoria implícita son los recuerdos básicamente inconscientes en que se basan nuestros hábitos perceptivos y motores. Su expresión es, en gran medida, automática y difícil de verbalizar. Es aquella que hace que dejemos de sobrecogernos cuando oímos ruidos intensos con los que estamos familiarizados (habituación), reconocer inmediatamente a nuestros familiares y amigos (aprendizaje perceptivo) o montar en bicicleta (aprendizaje motor).

Es, por tanto, el tipo de aprendizaje y memoria sobre cómo se hacen las cosas que solemos hacer. Generalmente es una memoria fiel, rígida y duradera, que se adquiere gradualmente y se perfecciona con la práctica. En humanos encontramos diferencias de género y entre individuos. Las mujeres, por término medio, tienen capacidades analíticas superiores a las de los varones, quienes, a su vez, por término medio, superan a aquellas en habilidades espaciales. Ni que decir tiene, lo importante que son también las predisposiciones de origen ambiental, educativas y sociales.

La memoria explícita son los recuerdos deliberados y conscientes que tenemos sobre nuestro conocimiento del mundo o sobre nuestras experiencias personales. Se expresa conscientemente y es fácil de declarar verbalmente o por escrito, es decir, es una memoria de expresión flexible y cambiante. A diferencia de la memoria implícita se puede establecer en una única experiencia, sobre todo, cuando su contenido tiene un carácter fundamentalmente emocional, por ejemplo, quien fue Teresa de Calcuta, cuando hay que hacer la declaración de la renta o dónde vive un amigo. Es, en definitiva, el aprendizaje y memoria sobre acontecimientos, hechos e información general.

¿Qué es la memoria selectiva?

Es una herramienta útil en la vida cotidiana de cada uno. Se trata de un proceso de nuestro cerebro que tiene que ser capaz de filtrar nuestros recuerdos como forma de manejar rápido las consecuencias de situaciones que se producen a corto plazo.

Si tratamos de procesar cada recuerdo, cada experiencia que tuvimos, determinando que hacer en cada momento particular, nos bloquearíamos. La memoria selectiva es una herramienta de confrontación identificada como “disonancia cognitiva”, que se corresponde con la habilidad de la persona para responder a los aspectos esenciales de una tarea o situación y pasar por alto o abstenerse de hacer caso a aquellas que son irrelevantes; se trata de lidiar con opiniones conflictivas, creencias o hechos, y mantener el ego positivo y la auto-imagen intacta.

El olvido

Hay un olvido sano y otro patológico. El olvido sano es aquel que «nos resguarda de recuerdos vergonzosos y dolorosos”. Pero el olvido patológico y la pérdida de memoria es algo muy diferente. Para mantener una buena función de la memoria es importante mantener tres hábitos: seguir una dieta sana y variada, hacer ejercicio físico y, por supuesto, ejercitar la memoria con una actividad mental que cada persona debe escoger en función de sus necesidades e inquietudes. Por lo tanto, además de hacer gimnasia mental y mantener hábitos saludables, es crucial evitar ciertos enemigos de la función de la memoria. Entre ellos figuran el alcohol, que puede influir en el sistema nervioso y causar deterioro cognitivo.

Atención asociada a memoria

Se llama atención al proceso por el cual seleccionamos los estímulos importantes e ignoramos los irrelevantes. Sin ella, nuestras mentes seguramente estarían sumergidas en un agitado y confuso océano, por ejemplo el ruido del tráfico, salas de fiestas, incluso en un tranquilo paseo por el bosque. Nuestros sentidos están desbordados con más información de la que nuestra mente puede manejar a su vez. Nos manejamos en esas situaciones porque atendemos selectivamente a la información importante.

¿Cómo mejorar la memoria?

No nacemos con buena o mala memoria, por tanto podemos aprender a mejorarla utilizando diversas estrategias. También tenemos que saber que cuando tenemos mucho estrés o estamos preocupados por diversos problemas, nuestra memoria se ve afectada y tendemos a recordar peor.

Estrategias que benefician: 

  • No atender a varias cosas a la vez, pues no haremos ninguna bien. Lo más importante es prestar atención a la información que nos llega y que queremos retener.
  • Ordenar la información que nos llega según un criterio, utilizando las características comunes a los objetos. Por ejemplo, recordar la lista de la compra, agrupando por categorías las frutas, carnes, lácteos, artículos de limpieza, etc.
  • Verbalización-Repetición: en este caso, al realizar la acción, repetir en voz alta lo que estamos haciendo.
  • Intentar relajarse, puesto que la tensión y el estrés producen alteraciones de todo tipo, tanto psicológicas como orgánicas. Así mismo, producen trastornos en la memoria, pues dificultan la fase de registro.
  • El aprendizaje y las actividades mentales (como la lectura o hacer crucigramas) ejercen un efecto protector.

Las cosas se nos olvidan por varias razones, entre ellas, la falta de uso, interferencias entre lo antiguo y lo nuevo, fallos en alguna fase de la memoria, etc. Sin embargo, debemos tener en cuenta que olvidar también es necesario. No podríamos mantener a lo largo de la vida todo lo que entra por nuestros sentidos.
Acostumbrarse a los cambios, es bueno para el cerebro. El problema es que, cuando el cerebro desarrolla rutinas muy fuertes, ya no necesita pensar. Todo se hace automáticamente, con mucha rapidez y eficacia, e incluso en muchos sentidos de forma más rentable. De modo que existe la tendencia a aferrarse a las rutinas. Y la única forma de salirse de la rutina es confrontando el cerebro con información nueva.

Mantener la lucidez es un ejercicio tan duro como mantener la línea.

Benigna Rodríguez Cobo
Psicóloga Psicoterapeuta
Centro Sanitario Integral AYCAN